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Usted tiene todo… lo que se merece.

Escuché una historia de un hombre que vacacionaba junto a su familia. Él y su hijo pequeño salieron a coleccionar conchitas de colores a la orilla de la playa. Muy contento el niño se agachaba y seleccionaba las que, a su parecer, eran las más hermosas. Durante el trayecto, después de recorrer gran parte de la playa, a unos cuantos metros de la orilla asomaba en todo su esplendor una gran y preciosa estrella de mar. El padre, entendiendo que era una gran recompensa para el esforzado muchacho, se apresuró a avisar de tremendo descubrimiento. El niño, impresionado, corrió rápidamente hacia su premio. Cuando llegó a la mitad del trayecto, intespestuosamente se devolvió hacia la orilla. El padre, entendiendo que la estrella podría irse de la superficie, insistió al muchacho que corriera por ella. El niño, dando la media vuelta, corrió nuevamente hacia la estrella llegando esta vez más cerca, pero de nuevo lo mismo: el muchacho insistió en volver a la orilla. Animándole nuevamente el padre, le dice: “Si no la agarras pronto, se irá”. El niño, visiblemente consternado por esto, vuelve al ataque por su tesoro, esta vez llegando al lado de la estrella, pero, tal como en las otras ocasiones, se da media vuelta y, esta vez llorando angustiosamente, vuelve a la orilla. El padre, consternado por la situación, le pregunta a su hijo por lo que pasó, a lo que el niño, aun llorando y ya casi llegando a la orilla, responde: “No puedo tomarla, tengo mis manos llenas de conchas”.

Aunque parezca muy triste, esta historia acontece a diario en nuestras vidas. Tan ocupados por lo que consideramos “bueno” (conchitas de colores), nos perdemos las grandes oportunidades de Dios (estrellas). Diariamente estamos tan ocupados, que dejamos pasar grandes oportunidades, que tal vez nunca volverán.

Considera cuán grande playa (el mundo) tenemos al frente, y como esta te ofrece alcanzar tus “conchitas”.
“Muchos duermen, otros sueñan”, resuena la publicidad de una universidad que ofrece sus posgrados y maestrías vespertinas. “Mucho más que grande” ofrece uno de los últimos “Smartphone”. “La experiencia de vivir conectado”. La propaganda de un auto. Y así, podríamos enumerar una cantidad innumerable de ofrecimientos para vivir una vida mejor. ¿A costa de? Nuestras vidas.
¿Cómo apuntarle al blanco de nuestras vidas? ¿Cómo realmente vivir? ¿Qué cosas son realmente oportunidades y no distractores? ¿De qué tengo llenas mis manos?

Así puedo entender la respuesta de Dios a estas preguntas:
Estad quietos, y conoced que yo soy Dios (Salmo 46:10)
Si os quedareis quietos en esta tierra, os edificaré, y no os destruiré; os plantaré, y no os arrancaré (Jer 42:10)

Tengo la firme convicción que, si fuéramos mucho más sensibles a la voz del Espíritu Santo, esta sería la frase más repetida de Dios hacia nosotros: “Quédate tranquilo”. Mi pregunta es: ¿quién puede estar quieto hoy día? Hay tanto de qué afanarse y tantas cosas que nos mantienen ocupados tratando de tomar el control de nuestras vidas, que… “¿quién tiene tiempo?”

Veo a personas que sinceramente quieren hacer la voluntad de Dios, tan ocupadas jugando a ser dios que no le dan espacio al que realmente puede hacer las cosas más que perfectas. La pregunta honesta es: ¿soy una de estas personas? Si usted cree en la palabra de Dios, entiende el significado de la palabra “Concupiscencia” (deseos pecaminosos), y si es un poco humilde, deberá reconocer que la respuesta inevitable es: sí.

Creo firmemente en la “Ora-acción”. También me entusiasma el ser un instrumento de Dios, pero por más que intentemos en pensar como Dios piensa, “nunca añadiremos un codo a nuestra estatura” (Mateo 6.27).
Espero poder participar como un mayordomo fiel y prudente en la obra que Dios me encomendó, pero si pierdo el sentido de lo que realmente soy, sólo soy alguien que se “beneficia” de los bienes de para quien trabaja; no podré ver en todo su esplendor lo que Dios tiene para mí.
Mi invitación es que desconectes el internet de tu celular una hora diaria, que una vez a la semana te pierdas tu programa favorito de televisión, que tan solo no mires tu página de Facebook por un par de días, y estés quieto. Toma una buena taza de café, o tu infusión preferida, siéntate a ver un atardecer, o levántate más temprano, con una buena chaqueta a mirar las estrellas, toma tu Biblia y sólo espera.
Dios te ayude a disfrutarle. “Abre tus manos, suelta tus conchitas”.
Y estableció a doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar.
(Mar 3:14)