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¿DISCÍPULO DE QUIÉN?

Tendría yo 8 años y dos hermanos del vecindario iniciaron una guerra sin cuartel contra nuestra casa, inundado el patio trasero de cuanta porquería podían tirar, además de las piedras y otros guijarros que impedían nuestro libre tránsito. No hubo manera de contrarrestar su vandálica acción, ni el hecho de haber puesto en conocimiento a su madre de las acciones de sus agresivos hijos. Fue entonces cuando llegó la ayuda tan necesaria y no esperada, mi primo Sebastián, de la misma edad de uno de ellos, llegó a engrosar mi muy limitada y precaria artillería. Nos trenzamos en una guerra de pedradas que iban y venían, y prevalecimos saliendo triunfadores de tal manera, que su madre vino a solicitar encarecidamente un cese definitivo del conflicto, el cual había sido iniciado por sus propios hijos sin razón alguna. Lo interesante de este desagradable caso, es que al final surgió una amistad que duró mucho tiempo, solo interrumpida por tres años durante los cuales me ausenté para ir a un internado. En este período, lamentablemente murió el menor de los dos, Ciro.
Mi amigo Jorge era esforzado, asiduo lector, disciplinado quien encontró en la ideología marxista su pasión. Su padre alcohólico le repetía constantemente: “¿por qué no te moriste tú, a cambio del hijo muerto al que yo amaba?” Jorge tenía el corazón herido, su dolor le inclinó a buscar un rumbo equivocado, la ira reprimida le hacía ser sensible a las injusticias del tiempo, el encontró en el sistema al culpable de todo el mal del entorno. Debatimos acerca de muchas cosas, entonces me sugirió la posibilidad de terminar la enseñanza secundaria y luego alistarnos en la lucha armada yéndonos a la montaña.
Entramos a la universidad, él a estudiar derecho y yo ingeniería. Tres meses después de ingresar, Jorge me presentó un “enlace guerrillero”, Rómulo Carbalo (estudiante con vínculos en la guerrilla), el cual sería el líder de nuestra célula, célula encargada de promover estrategias revolucionarias, actos violentos y de rebeldía dentro de la universidad, y que inició sus actividades de concientización ese mismo semestre. La célula estaba compuesta por ocho miembros, durante cuatro meses estuvimos siendo adiestrados en ella. En este lapso, mi amigo Jorge, insistía en la necesidad de ser “un fiel discípulo de la causa revolucionaria”. Yo estaba inquieto, no estaba muy convencido de poder ser un “fiel y leal miembro de la revolución”. Mi vida estaba comprometiéndose en algo muy delicado y no tenía ninguna seguridad de que esto arribara a un buen final. Para ser sincero, me inquietaba sobremanera la realidad de la existencia de Dios, me aterrorizaba el morir y encontrarme con un terrible destino eterno. Me preguntaba si estaba en capacidad de tener que enfrentar el hecho de atentar contra la vida de otro por la causa revolucionaria. Estaba en estado de shock, fue entonces cuando decidí comunicar mi renuncia al “discipulado revolucionario”. Desde ese momento, y para mi bien, fui aislado y considerado extraño.
Trágicamente el servicio de inteligencia, en un intento de fuga, le disparó a Rómulo un tiro en la cabeza, dejando la célula acéfala. El resto del grupo, siete miembros, secuestró un avión con destino a la isla de Cuba. De la mayoría de ellos no volví a saber a excepción de Jorge, el cual años después, entró a las montañas colombianas uniéndose a la lucha guerrillera, dando su vida por una causa sin sentido, desvalorizando su alma, amando así la muerte la que fielmente y en forma temprana, le vino. Su existencia fue totalmente inoficiosa, nada logró, solo el dolor y el desamparo a una viuda dolida con tres hijos. Su memoria ha quedado en el olvido, ya nadie lo recuerda.

Dos destinos diferentes, su vida y la mía, dos razones de vida totalmente opuestas. Dice el predicador: “Hay camino que parece derecho al hombre, pero su fin es camino de muerte” Proverbios 16:25
Una interrogante nace en mi corazón, ¿influyó el padre para que mi amigo siguiera un camino de destrucción? Esta pregunta me hace recordar a los descendientes de Ismael, su odio, su menosprecio por la vida, su envidia y los males heredados y traspasados de generación en generación, a través de los siglos que no han dejado sino dolor, asesinato y pobreza. Los islámicos hoy siguen preconizando su desdicha y embaucando al mundo.
Muchas conversaciones tuve con Jorge, pero una viene a mi memoria después de tantos años, una noche discutíamos acerca de Dios, él se empecinaba vehementemente en tratar de convencerme de su inexistencia, manifestando que la creencia en Dios sería un gran obstáculo para operar libremente en esta vida, Dios sería como un fantasma que paralizaría mis acciones. En ese momento experimenté un inexplicable terror, estaba diez años atrás de recibir a Cristo en mi vida, pero percibí que mi amigo pertenecía al reino de las tinieblas.
El que niega a Dios está obligado a dar una buena razón de cómo surgió la materia, debe responder acerca del orden observado, debe explicar acerca de la persona de Jesucristo, etc. Jesús dijo: “Si yo no hubiera venido, ni les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa por su pecado” Juan 15:22. Y también: “Si no hubiese hecho entre ellos obras que ningún otro ha hecho, no tendrían pecado; pero ahora han visto y han aborrecido a mí y a mi padre.” Juan 15:24.
Cuando me hablaron acerca de un encuentro personal con Jesucristo, me clarificaron que ser cristiano es tener una relación real con Él, con el Resucitado, en base a lo que dice la Escritura, me especificaron que tenía que ver con un arrepentimiento genuino, arrepentirme de mis pecados, de mi forma de vida, de mi falsa piedad, me llevaron a la Biblia donde se habla de un nacer de Dios, de un nacer de nuevo, de un recibir a Cristo como Señor y Salvador. Me dejaron bastante claro que sin estos pasos previos no podría, en manera alguna, tener luz de Dios, que corría un horrible riesgo y que ponía en peligro la salvación de mi alma.
En ese momento usé de la argucia de todos los mortales, me dije, no le he hecho mal a nadie, soy bueno, no he matado, estoy lleno de buenos motivos. Pero en lo más profundo de mi ser, sabía que estaba lejos, pero muy lejos de Dios y que no estaba seguro de dónde pasaría la eternidad. Las pasiones de juventud, que bullían en mi interior, se convirtieron en ese momento en un poderoso obstáculo para rendirme a los pies del Hijo de Dios. Pero la gracia del Altísimo y Su misericordia, para conmigo, operaron a favor, y tomé la decisión más importante, entre pasar una eternidad en las horribles tinieblas o disfrutar esa eternidad en la presencia del glorioso Dios, entonces recibí a Cristo como mi Señor y mi Salvador.
Hace cuarenta años me tomó Jesús de Nazaret para propósitos que perdurarán más allá del tiempo. Una cosa deseo, vivir en Él el resto de mi corta existencia, con el gozo de una salvación poderosa que llevó a Cristo a la Cruz del Calvario por mis pecados.