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¿Dónde estamos?

Desde los inicios del ministerio en Chile, y a través de este hermoso transitar de 28 años, mi oración al Señor ha sido que Él levante líderes comprometidos con la Gran Comisión, hombres temerosos de Dios, de buen testimonio, amadores y conocedores de Su Palabra, que estén dispuestos a dar su vida por el Hijo de Dios, que sean sabios, prudentes, diligentes y hacedores de la Palabra. Indudablemente, Dios los ha ido levantando. Estoy expectante de lo que el Señor hará, pues Él responde la oración de Sus hijos.

Dios nos ha llamado como ministerio al compromiso con la Gran Comisión, y cumplirá Su propósito tal como prometió. Jesús, en Mateo 6:33, asegura que basta buscar el Reino de Dios y Su Justicia como lo primero, y entonces todo lo demás nos será añadido; por lo tanto, no hay ninguna justificación para decir que no sabemos lo que Él quiere. Si hacemos nuestra parte, sin duda que el Señor cumplirá la suya.
Si Dios manda a amarle por encima de todas las cosas, entonces es posible lograrlo y debemos enfocarnos en obedecer este mandamiento. Vivir por este principio trae descanso al corazón y satisfacción plena en esta vida. El Señor dice: “Yo honro a los que me honran, y me hallan los que temprano me buscan”. Indiscutiblemente, Dios honra a los que le buscan de sincero corazón.

La madre de Jesús estableció un compromiso total con el Señor al manifestar: “Hágase en mí conforme a tu Palabra”. Por un contrato así deberíamos vivir toda la vida. Creo que realmente se recibe a Cristo cuando esto está claro y se rinde el corazón a Él.

Cuando recibí a Cristo quedé anonadado. No podía creer que hubiese perdido tanto tiempo de mi vida, 26 años sin Cristo, privando mi corazón de un impacto sobrenatural de vida, plenitud y gozo, proveniente del mismo Dios de los cielos. Esa experiencia con el Cristo resucitado no podía callarla; el mundo debía saberlo. Su muerte en la cruz tenía que ver conmigo personalmente: yo estaba dentro de sus planes. Una pregunta me asaltaba: ¿cómo es que no lo había entendido antes? ¿Por qué estaba tan ciego? ¿Cómo es que no comprendí que Sus hechos y Sus palabras estaban llenos de un poder inimaginable y no daban lugar a ningún cuestionamiento? ¡Jesús era el Hijo de Dios que había venido a este mundo!

Por muchos años viví con variadas interrogantes; me aterrorizaba pensar que se me agotaba el tiempo y no iba a resolverlas. Me torturaba el hecho de no tener claro lo que podría encontrar después de la muerte; me decía que no podía ser tan tonto. Me era sumamente arriesgado eludir la imperiosa necesidad de hallar la gran respuesta de la vida y, por tanto, no encontrar la Verdad.

Tenía toda la razón: mi interior bullía en hambre de encontrar el camino a una eternidad con Dios; fui hecho para Él y por eso mi alma no tuvo descanso hasta encontrar la puerta a la inmortalidad. Jesús dice: “Yo soy la puerta”. Hoy me angustia ver cómo millones de vidas pasan por esta tierra y desaparecen sin saber que hay un infierno del cual no podrán escapar si no se ponen en paz con Dios, a través de Jesucristo, ya que partiendo de esta tierra, sin Cristo en el corazón, es imposible retroceder el tiempo.

Estoy agradecido de Dios por haberme salvado… sumamente agradecido: me recorre un frío en todo mi cuerpo el solo pensar que pude haber muerto sin Jesucristo en mi corazón, y haber sido trasladado a algún lugar tenebroso en lo profundo de la tierra, para permanecer lamentándolo eternamente.

Los filósofos a través de toda la historia elucubraron tratando de encontrar sentido a este vida, sin hallar respuestas satisfactorias, pero Jesús dijo: “El que es de la tierra es terrenal y cosas terrenales habla, el que es del cielo es celestial pues es sobre todos y no queréis escuchar su testimonio”. Todas las palabras de Jesús son conmovedoras y dignas de ser consideradas momento a momento; entonces no debería ser extraño que constantemente estuviéramos exclamando como Pedro: “¿A dónde iremos, si sólo Tú tienes palabras de vida eterna?”.

Ocho meses después de recibir a Cristo, le dije en oración a Dios que no quería vivir para algo más que no fuera servirle. No podía concebir la vida haciendo cosas que no redundaran para la eternidad. Me había encontrado con el Dios que hizo los cielos y la tierra, al Creador de mi vida, al Diseñador de todas las cosas, como dice Juan: “Y sin Él nada de lo que ha sido hecho fue hecho”. ¿Cómo entonces invertir el breve tiempo de la vida en vanidades? Si volviera a nacer, no querría hacer algo distinto a lo que estoy haciendo hoy: Jesús es mi vida.

Miro retrospectivamente y traigo a mi memoria aquellos momentos de intensa oración, en los que pedía a Dios que sujetara mi vida a Su Voluntad, rogando encarecidamente que cumpliera Su propósito en mi, que transformara mi corazón de tal manera que apeteciera apartarme de todo mal en esta vida. Pedí que me diera un corazón para apartarme del mal, le solicité que me diera el privilegio de encaminar a muchas vidas a tener una relación personal con Él; creo que Dios me dará la oportunidad de poder contemplar Su Gran Fidelidad. Hoy insisto en la necesidad de persistir en pedir a Dios conforme a Su Palabra y abrigar la esperanza de ver que Él cumple lo que promete.

En el año ’88, en los inicios del movimiento, orábamos al Señor por el Sur y el Norte de la nación. Y hemos visto respuestas a lo que pedimos. Hoy tenemos ministerios en Arica, Antofagasta, La Serena, Copiapó, Concepción, Talcahuano, Temuco, Chillán, Talca, Viña del Mar, Valparaíso, Los Andes, Villa Alemana, Rancagua. Once sedes-distritos en Santiago y muchas otras zonas misioneras en la capital y en otras partes del país. La oración hecha a Dios, en el nombre de Su Hijo y conforme a Su Voluntad, tiene poder.

En la actualidad, el ministerio de oración y ayuno, MINORA, nos articula a todos unificando los propósitos de oración de todo CENLIMI NACIONAL.

La tarea de evangelización, discipulado y establecimiento de distritos no es fácil: conlleva, primeramente, la resistencia de nuestra propia humanidad, añadiendo la oposición que ofrece el mundo y Satanás, pero tenemos la diestra del Señor a favor nuestro. Al fin y al cabo, Él es el que hace la obra y nosotros somos simples colaboradores.

Acabamos de realizar la actividad “Congreso de Semana Santa”, donde los diferentes ministerios del país desarrollan sus propias conferencias con una misma temática a nivel nacional. Los testimonios que se oyen, el gozo de la gente que participó (aproximadamente 1.400 personas), el refrigerio espiritual, la consagración de muchos al Señor, es suficiente motivo para estar siempre agradecidos con Jesucristo. Programar este congreso, inscribir la gente, animarla, etc., es un trabajo que no deja de producir tensiones al líder o coordinador, pero los resultados nos dicen que ha valido la pena.

¿Qué esperamos a nivel nacional y distrital? Esperamos una multiplicación ministerial. El énfasis lo estamos poniendo este año en la estrategia “OPERACIÓN MATEO 24:14”. Jesús declaró: “Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones, y entonces vendrá el fin”. Los cristianos debemos estar preparados ante la precipitación, que evidentemente estamos observando, de los acontecimientos de los últimos tiempos. Y no sólo apercibidos, sino también en acción, llevando el mensaje de las “Buenas Nuevas”. Cada distrito se ha impuesto metas de grupos celulares este año. La Casa Central espera lograr por lo menos 100 células.

De todo corazón agradezco a Dios por el maravilloso equipo de tiempos completos y líderes que el Señor ha levantado para atestiguar al mundo que Él es un Dios vivo, que nos ama, que envió a Jesucristo a la Cruz a morir por nuestros pecados para que, creyendo en Él, tengamos una vida por la eternidad en Su gloriosa presencia. Y me lleno de expectación al pensar en la fidelidad del Señor a sus promesas, y en cómo veremos su Gloria en estos últimos tiempos si nos disponemos a Él de todo corazón.