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¿Cuidamos el cuerpo que Dios nos dio?

(1 Corintios 10:31)
Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios.

(1ª Corintios 6:19)
¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?

Para todos debiera ser una realidad y una preocupación constante, el hecho de cuidar nuestro cuerpo y por extensión nuestro organismo. Las noticias son alarmantes. En Chile la Encuesta Nacional de Salud del año 2013, la cual involucra chilenos de todos los credos, tipos sociales, educacionales y económicos, nos muestra que asistimos a la aparición de nuevas epidemias, sólo asimilables en su magnitud y extensión a las plagas del tiempo de Moisés y faraón. Lo peor es que respecto de la misma encuesta, realizada en el año 2003, todos los indicadores aumentan, respecto de la incidencia (casos nuevos en un año), y la prevalencia (casos acumulados hasta la fecha). Hoy un 10 % de los chilenos sufren de diabetes tipo 2 y menos de un 35% de este total tiene su enfermedad compensada. Más aún, se estima que la mitad de los afectados no tienen idea que padecen esta enfermedad. Respecto de la Hipertensión Arterial, la obesidad, el sedentarismo y hábitos que favorecen el deterioro del sistema cardiovascular, como la malnutrición (generalmente por exceso) el tabaquismo y el consumo descontrolado de alcohol, la situación no es auspiciosa. Todo parece indicar que asistiremos a un aumento nunca antes visto de muertes y secuelas por eventos cardiovasculares, los cuales asolarán a nuestro país, con la consecuente carga económica para numerosas familias que deberán tomar a cargo el cuidado, mantenimiento e inclusive la rehabilitación de un familiar postrado. Quisiera pensar que el pueblo cristiano es ajeno a esta realidad, pero tristemente veo, que incluso mi propia vida se ha visto atacada por esas enfermedades, así como la de parientes, discípulos e incluso líderes cristianos.
Oh Señor, cuanto tienes que trabajar aún hoy y cada día en mejorar nuestra conducta, nuestra disciplina y nuestra obediencia a Tu Palabra. Tenemos todo a nuestra disposición. Nos has regalado como seres humanos el órgano más importante y único de la Creación. La corteza cerebral de nuestro lóbulo cerebral frontal ha sido descrita como el asiento del Libre Albedrío. De todo lo creado por Dios, incluyendo a los seres celestiales, los únicos que pueden decidir obedecer o no tus mandamientos somos los hombres y mujeres. La caída Adánica nos mantiene ajenos a la Palabra del Señor hasta el momento en el cual se nos presenta la opción de recibir a Jesucristo y caminar en sus caminos. Pero sabemos también que el diablo, está al acecho de quienes no han profundizado su relación con El Señor y su Palabra. Aún así, con todo el conocimiento espiritual que podemos acumular en una vida ministerial, vemos como las palabras de Pablo al inicio, así como toda la Escritura, hoy está más vigente que nunca.
Pablo usa la imagen del templo de Jerusalén cuando les dice a los cristianos corintios que sus cuerpos son el templo (naos) del Espíritu Santo. Hay otra palabra griega para templo, heiron, que abarca todas las instalaciones del templo (incluyendo la Corte de los Gentiles), pero la palabra naos se refiere al santuario interior, el Sagrado de los Sagrados, la morada de Dios. Eruditos también suelen concordar que, en 6:19, Pablo está hablando del individuo como el templo de Dios. De todos modos, el contexto deja claro que en 6:19 Pablo se refiere a cristianos individuales como el templo del Espíritu Santo.
Para la mayor parte de nosotros, los regalos que recibimos tienen un significado especial, ya que reflejan el amor de quienes los dan. Esto es verdad particularmente si el regalo es algo que deseábamos o necesitábamos mucho. Cada vez que lo vemos o lo usamos, nos recuerda a la persona que nos lo dio – y al amor y la consideración que inspiraron el regalo. ¿Qué regalo puede ser mejor que el don del Espíritu de Dios morando en nosotros – la presencia de Dios siempre con nosotros? ¿Qué puede ser más maravilloso que saber que Dios está disponible para guiarnos y dirigir nuestro camino – para ayudarnos de maneras en las que nosotros nunca podríamos hacerlo? ¿Qué regalo puede ser más maravilloso que el que Dios transforme lo que parece mundano – nuestros cuerpos – en un templo sagrado? ¿Qué puede ser mejor que saber que el Dios que creó los cielos y la tierra nos considera preciosos – hijos amados?

¿Qué pues haremos hermanos al respecto? Dispongámonos desde este momento a llevar una vida de santidad radical, en la cual nuestra conducta ponga en práctica lo escrito por Santiago 4:7-8: “Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros. Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros. Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones”. Entonces hay que someterse al Señor; acercarse al Señor; limpiarse las manos y purificar los corazones. De esta única forma mantendremos limpio, cuidado y conforme al Padre, nuestro cuerpo, alimentándolo y ejercitándolo adecuadamente, controlándolo periódicamente, estando sanos, para ser todo lo útiles que Él quiere y ha dispuesto para nuestras vidas.

Referencias:
• Santa Biblia, Reina Valera, 1960, SBU.
• Santidad Radical para una Vida Radical, C. Peter Wagner, Editorial Caribe Betania, 2001.